1 de octubre: cuidar a una persona mayor no es vigilarla

La ONU dedica el 1 de octubre a las personas mayores. Es un buen día para preguntarse para quién están pensadas las herramientas que les ponemos en las manos: si para ellas o para nuestra tranquilidad.

Desde 1990, el 1 de octubre es el Día Internacional de las Personas de Edad. Naciones Unidas lo creó para hablar de derechos, de inclusión y de un hecho que ya no es una predicción: en Europa, una de cada cinco personas tiene más de 65 años, y la mayoría de ellas vive en su casa, muchas solas, muchas lejos de sus hijos.

En estas fechas se publican informes y se hacen declaraciones. Nosotros, que hacemos una app para familias que cuidan a distancia, preferimos hacer una pregunta más pequeña y más incómoda: cuando le ponemos tecnología en las manos a una persona mayor, ¿para quién la hemos diseñado?

La tecnología «para mayores» suele ser para los hijos

Mira el catálogo: relojes que detectan caídas, pulseras con GPS, sensores en la nevera y en la puerta, cámaras «discretas». Casi todo está pensado para que quien cuida vea más. Lo que ve la persona mayor es un aparato nuevo que no ha pedido, que tiene que cargar, que a veces pita, y que le recuerda cada día que alguien está mirando.

No es que esas herramientas sean malas. Hay situaciones en las que hacen falta. Pero el punto de partida importa: si lo primero que se diseña es la pantalla del hijo y lo último es la de la madre, el resultado se parece más a un sistema de vigilancia que a una ayuda. Y las personas mayores lo notan. Por eso tantos de esos aparatos acaban en un cajón.

Qué cambia cuando se diseña al revés

Se empieza por su pantalla. Tiene que caber en el teléfono que ya tiene, sin aprender nada nuevo. Tiene que tener muy pocas cosas, grandes, que hagan exactamente lo que dicen: pedir ayuda, mandar un mensaje de voz, decir «estoy bien». Y tiene que enseñarle siempre, con claridad, quién la acompaña y qué se comparte, con la posibilidad de pararlo cuando quiera.

Esa última parte es la que más resistencia genera entre los hijos. «¿Y si lo apaga?». Puede. Es su teléfono y es su vida. Lo que hemos visto es que casi nadie lo apaga cuando entiende lo que hace y ha decidido tenerlo. Lo que sí apagan, o dejan de cargar, son las cosas que les han impuesto.

Diseñar al revés también cambia lo que se mide. No hace falta saber dónde está tu madre a cada minuto para estar tranquilo; hace falta saber que hoy ha dicho que está bien, que su teléfono tiene batería y que, si pulsa el botón, te llega. Es menos información, y es la que importa.

Tres preguntas antes de instalar nada

Primera: ¿lo ha pedido ella, o lo he decidido yo? No hace falta que lo haya pedido, pero sí que haya dicho que sí sabiendo lo que es. «Te he puesto una cosa en el móvil» no es un sí.

Segunda: ¿puede ver lo que comparte y pararlo sola? Si la respuesta es no, lo que has instalado es un localizador, no una ayuda. Hay quien lo necesita, por una enfermedad, con una decisión tomada en familia; pero hay que llamarlo por su nombre.

Tercera: ¿qué hace esto por ella, no por mí? Un botón para pedir ayuda hace algo por ella. Un mensaje de voz que le evita escribir hace algo por ella. Un sensor en la nevera hace algo por ti.

Lo que celebramos hoy

Aasta existe porque uno de nosotros vive a tres horas de avión de su madre, que tiene 85 años y no quiere un aparato más en casa. La app se hizo primero para ella y después para él. Ese orden es toda nuestra filosofía, y el 1 de octubre es un buen día para decirlo en voz alta.

Si cuidas a distancia, te proponemos una cosa pequeña para hoy: pregúntale a tu padre o a tu madre qué le gustaría que supieras de su día a día, y qué no. La respuesta suele ser más sencilla de lo que esperas, y es la mejor especificación que vas a tener para elegir cualquier herramienta.